Gracias a la tecnología, podemos ver las imágenes de los lugares más recónditos del mundo (y crear un mapa del mundo entre todos), escuchar los sonidos de todo el planeta (incluso consiguiendo que las personas sordas puedan volver a oír) y, últimamente, las máquinas también pueden comprender cómo nos sentimos. Pero, ¿qué sabe la tecnología del aroma del café que desayunamos, del aire fresco que entra por nuestra ventana por la mañana, del hedor de una alcantarilla o de nuestro propio perfume corporal?
Hace un año, Google celebraba el 'April Fool's Day' (algo así como el Día de los Inocentes anglosajón) con el lanzamiento de una nueva plataforma: Google Nose, que prometía "la mejor experiencia olfativa". En realidad se trataba de un 'fake': Google ironizaba con la posibilidad de oler, a través de la pantalla, las tumbas de Egipto o un nuevo coche. Una broma que encierra un mínimo de realidad: el deseo de muchas empresas por desarrollar la tecnología olfativa. Oler es creer, como rezaba el vídeo de Google Nose.
No hay comentarios:
Publicar un comentario